El mismo hombre.
Carlos Goñi nunca fue el más carismático, el más guapo, ni el más chulo del barrio y hace mucho tiempo que no mete un single en una lista de éxitos. Mucho ha llovido desde aquella época en que se repitió hasta la saciedad la etiqueta del Springsteen valenciano.
Sin embargo, nada de esto importa cuando lo que tienes delante es un músico honesto, un escritor delicado, un currante del rock and roll. Transitando carreteras secundarias, sigue siendo el mismo hombre, con algunos años más, que intentó resolver sólo todas sus dudas.
Hoy, 20 años después, Goñi es un músico maduro y entregado, agradecido con el cariño que su público le sigue profesando, sin maquillajes ni imposturas, sin trampas ni cartones.
Anoche ofreció un fantástico recital en la Sala París 15. Un concierto sin guión ni estructura prefijada: un cuaderno repleto de canciones, una Takamine y un puñado de viejos amigos, tanto encima como debajo del escenario; eso es todo.
Cinco o seis canciones de su nuevo disco y otras muchas piezas sueltas de sus más de dos décadas en la carretera, huyó de lo obvio y se dejó llevar por su instinto de viejo rockero. Solícito con su público, desnudó su alma explicando los motivos personales que le llevaron a escribir cada canción, confesó secretos inconfesables y nos ofreció todo lo que un hombre puede dar de sí en algo más de dos horas de show.
Una noche con Carlos Goñi es un extraño ejercicio de empatía y autenticidad, una cura de humildad, la cara desmitificante de un negocio, en ocasiones, demasiado mentiroso.
Gracias por todo, Carlos Goñi, nos hacía falta. Cuando nos encontremos con Rosita, ya le diremos todo lo que se ha perdido...